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viernes, 28 de noviembre de 2014

4.500 plantas para unir los Pirineos

El primer atlas de la región montañosa describe uno de los ecosistemas más ricos de Europa.

Se llamaba Pietro Bubani. Vivió en el convulsivo siglo XIX (1806-1888). Era médico y también agitador revolucionario, proscrito de Bolonia por participar en su rebelión contra el papa Gregorio XVI. Su exilio a Francia fue amargo, pero una inesperada pasión vino a concederle la serenidad que tanto necesitaba. Los Pirineos y sus misterios se convirtieron en su vida. Las flores que crecen incomprensiblemente a 3.000 metros del suelo, entre los resquicios de los peñascos. Su tarea, ejercer de cronista de las plantas de esta región como plasmó en latín en su libro Flora Pirenaea, fue el pistoletazo de salida. A la meta se ha llegado tres siglos después con el Atlas de los Pirineos, el mayor compendio de cómo es la flora pirenaica.

Pietro Bubani, el precursor de la botánica en los Pirineos.

El proyecto está ya a distancia de un clic. Pero ha supuesto un trabajo de compilar y cotejar más de dos millones de registros de flora que ha costado tres años y 200.000 euros financiados con fondos europeos. Un puzle de múltiples retales que debía componerse para describir al detalle uno de los ecosistemas más ricos de Europa: "La ciencia que sale a diario en los periódicos es más espectacular. Lo que nosotros hacemos puede sonar decimonónico, pero era una tarea pendiente de mucha importancia", relata Daniel González (Jaca, 1957), investigador del CSIC y uno de los científicos al cargo de este compendio de las más de 4.500 especies de plantas pirenaicas, el segundo territorio en biodiversidad de flora de toda Europa, según afirma este experto. Un tercio de las especies vegetales del continente se encuentran aquí.

Que la tarea haya llevado tres siglos se debe a problemas que van más allá de lo científico. "Se trata de un territorio fronterizo, y por eso hay avatares históricos, administrativos y políticos han dificultado que hasta ahora hubiera una visión conjunta". La versión regionalista de cada uno de los Pirineos llevaba a cometer errores de bulto por el chovinismo de cada región: "Había algunas paradojas. Especies catalogadas como muy raras en Navarra eran vulgares en Aragón. Nosotros hemos puesto el acento de que el estudio de la naturaleza tiene que estar por encima de las barreras administrativas". Pero lo que la política dificultaba, lo ha unido la ciencia. En la investigación han participado conjuntamente 35 investigadores, dos terceras partes son españoles —Universidad de Barcelona, Universidad Pública de Navarra, Aranzadi y CSIC— y una tercera parte, franceses, con la colaboración del Instituto de Estudios Andorranos.

Densidad de las especies de flores de los Pirineos. El gráfico mide qué variedad de especies hay en cada región (cuanto más cálido el color, mayor densidad).

El interés de este atlas va más allá de su función de compendio o de lo anecdótico de haber superado las rivalidades y regionalismos. Una de las claves científicas del presente, el cambio climático, tiene mucho que ver para González con este tipo de trabajos: "Está muy de moda hablar de esto, de cómo afecta a la diversidad biológica. Pero si no sabemos la diversidad que hay, difícilmente sabremos cuánta se pierde, ni tampoco qué medidas tenemos que tomar para paliarlo. Y esa era la situación de los Pirineos". La catalogación exhaustiva de esta área permitirá calibrar cómo está afectando a las diversas especies los efectos del cambio climático.

Pero las grandes protagonistas son las plantas por sí mismas. Especialmente las flores que sobreviven en durísimas condiciones climáticas a altitudes superiores a 3.000 metros. Entre ellas destaca una superviviente de la última glaciación hace 10.000 años: "En contra de lo que el turista se piensa, la flora de los grandes sistemas montañosos es bastante moderna [en términos geológicos], porque la glaciación acabó con la mayoría de las especies. Pero plantas como la oreja [Ramonda myconi] de oso, que nosotros llamamos reliquias, sobrevivieron gracias a que se encontraban protegidas en unas zonas que denominamos refugios térmicos", aclara González. Y las hay también que son casi literalmente flor de un día. La Saxifraga longifolia aguarda entre seis y 10 años a vestir sus mejores galas, aguantando una dura vida en las grietas de los peñascos. Y de pronto florece. Una única y espectacular vez. Luego cae, muerta, y esparce sus semillas.

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